Desolación
Domingo 28 de enero, 2007
Son las agujas de un viento frío lo que me despierta, pero aún no abro los ojos. Por un breve momento trato de recordar dónde estoy.
Es imposible.
Entonces separo lentamente mis párpados y sobre mi veo un opresivo, monotono e inexpresivo cielo azul. Giro el cuello para poder ver toda la extensión de este cielo y noto que toda la boveda tiene una uniformidad terrible, interrumpida solo por un pequeño sol blanco, igual de inexpresivo que el cielo, que me lanza sus invisibles rayos haciendo arder mi piel, incitándome a buscar un improbable refugio donde poder ocultarme.
Es entonces cuando me doy cuenta que algo no anda bien. Desperté con un penetrante viento frío, luego veo un brillante sol que me quema y me doy cuenta que ahora no vive la mas mínima de las brisas para aliviar un poco el sofocante calor.
¿Que es este lugar?
Comienzo a caminar en la arena, tratando de mantener una linea recta sabiendo de antemano que no podré lograrlo puesto que no hay puntos de referencia en ninguna parte. Miro hacia atras y descubro con horror que mis pisadas no dejan huellas. Desesperado doy saltos golpeando el suelo con todas mis fuerzas al caer, pero la arena es inamovible, mi caminar no deja marcas.
Comienzo a correr, insensatamente, subiendo una duna hasta que alcanzo su cima, allí miro el horizonte y descubro horrorizado que el desierto no tiene fin. Me doy cuenta que lo que esta en frente es idéntico a lo que yace tras de mi, a mi derecha, a mi izquierda. El pánico me invade y pierdo la esperanza. Mis músculos ceden, ruedo sin oponer resistencia hasta la base de la duna. Permanezco de espaldas, sintiendo como el sol rie mientras me consume. No tengo fuerzas para lidiar. Pasan las horas.
Mientras la oscuridad (del cielo o de mi ser) me envuelve lentamente trato de recordar donde estuve ayer, mi nombre, cualquier cosa que me ayude a entender que es esta pesadilla, el porqué estoy acá.
No hay respuesta.
Antes de abandonarme a la oscuridad una lágrima brota, entonces todo termina.
No veo el sol ocultarse en el horizonte ni la solemne aparición de la azulosa luna que ilumina, apenas, el cuerpo inerte al pie de un montículo.
Son las agujas de un viento frío lo que me despierta, pero aun no abro los ojos. Por un breve momento trato de recordar donde estoy.

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